miércoles 27 de febrero de 2008

Sueños y olor de mar.

Vende sueños y olor de mar, / tempestades pregona. / Su nombre propio: María; / su apellido, Lisboa". Siempre decimos Lisboa. En singular. Como si sólo hubiera una. Como si el fado de Amália fuese cierto: "Seu nome proprio, María. Seu apelido, Lisboa". Y sí, desde luego, el fado es cierto. Como Lisboa no hay otra. Es única (como todas, de acuerdo, pero de otra manera). Porque también acertaba ese otro fado, el de Martinho da Vila: "Lisboa, menina y moça". Niña y muchacha, mujer de mi vida. Lisboa te enamora. Lisboa no hay más que una. Pues no. Lisboas hay varias.

Una de ellas es la Lisboa bien dispuesta, todavía pueblerina, barata y sonriente (hay niños, y juegan de noche en las calles), de los barrios castizos (Alfama, Mouraría, Graça, Bica...), esa Lisboa popular que el día de San Antonio se pone guapa, se echa a la calle, asa sardinas y come caracoles con sangría blanca. Es la vieja Lisboa de las vielas (callejones) inclinadas con río al fondo, de las tascas honestas de frango (pollo) y peixe a la grelha, de los elevadores de Gloria y Bica con su fantasía anti-Newton.

La terracita del mirador de Alfama es una delicia al atardecer, y junto a ella pasa el eléctrico (el tranvía) más bonito del mundo, el célebre 28, que sube y baja y sube otra vez su alegría amarilla desde Graça, más arriba aún de la mejor vista áerea de la ciudad, la del Castelo de São Jorge, hasta Prazeres; el muy recomendable (para visitar) cementerio, ya muy cerca de ese barrio tan pessoano, tan clase media, tan rutinario y tan poco conocido que es Campo de Ourique: allí está la Casa de Pessoa.

Esa es, en parte, la Lisboa rompepiernas, pero a la vez espléndida de belleza de las siete colinas (São Vicente, Santo André, Castelo, Santa Ana, São Roque, Chagas y Santa Catarina). Como Roma: siete, pero sin fanfarronear tanto.

Esa sufrida vida diagonal, empinada y a cámara lenta, hecha de cuestas inhumanas y ancianos muy bien entrenados en escaleras tan duras de subir como bonitas de ver, todo sobre un empedrado del diablo, paradójico, que prohíbe los tacones altos pero arregla los muslos blandos y los culos baixinhos, esa es quizá una de las grandes marcas de Lisboa.

Pero hay una Lisboa muy distinta, rápida y llana, ocupada y comercial aunque depauperadilla: la de la Baixa, el barrio pombalino que restauró aquel moderno y liberal y algo despótico marqués posterremoto. Sus calles cuadriculadas (casi las únicas de una ciudad retorcida a conciencia) se unen a través de la Lisboa céntrica más africana (el toque cosmopolita del poscolonialismo) que forman Plaza Figueira y el Rocío, con la Lisboa abierta, ancha, bolsista y también llana pero mucho más cara, y más blanca y pretenciosa, de la Avenida da Liberdade, que desde el inevitable barullo de Restauradores (paren y tómense una ginja, bebida de cereza, mientras contemplan el teatro Dona María y la antigua estación del Rocío) sube (20 minutos a pie) hasta la plaza que preside el propio marqués de Pombal, con su león.

Desde lo alto se vislumbra en la lejania, mas alla de Pombal y la gran Avenida da Liberdade, la Lisboa ventosa que mira al río, la Lisboa ribeirinha y cacilheira (de ahí salen los barcos a Cacilhas, toda la vida en obras y oliendo a sal. Es la Lisboa napolitana y golferas del muy activo Cais do Sodré (metro, barcos, trenes, incluso un after hours que echa humo el domingo a mediodía); de la plaza del Comercio y en ella el famoso Martinho da Arcada, donde parece que Pessoa comía -aunque comía muy poco, el pobre.

Como dice el famoso fado Maria Lisboa...vende sueños y olor a mar.......